
Mi viejo ya tiene 63 años. Los cumplió el 21 de abril. Me venía dando vueltas en la cabeza, ya desde ese día, dedicarle una linda entrada de blog. El se lo merece, eso es sabido, esto y muchísimo más.
Estando lejos, los cumpleaños de nuestra gente querida se viven de otra manera. No solo porque no estás allá, sino también porque la edad pasa de una manera diferente. No estás en el día a día con esa persona, no ves los cambios que van surgiendo, la mayor cantidad de arruguitas que empiezan a aparecer, la panza cada vez más grande..en fin: los achaques de la edad.
Estando lejos tenés la ventaja (y la desventaja a la vez) de verlos todos juntos. La ventaja, porque te ahorraste ese tiempo que tardaron en generarse todos los cambios que se ven en la persona, los ves todos de golpe, y lo notás enseguida: papá estás más panzón, papá tenés menos pelo, papá estás un poco más arrugado...además de lo que él, por su cuenta, te cuenta: ya me es jodido cruzar por el medio de la calle y esquivar los autos (su aficción predilecta) ya no me puedo bajar del subte (metro) en movimiento (otra aficción, ofrecida generosamente por nuestro sistema de transportes subterráneos).
La desventaja, a la vez, es que no estuviste para ver esos cambios. Porque esos cambios no son sólo el cambio en sí, sino que cada arruga, cada comilona que hizo engordar esa panza, va acompañada de una historia. Una historia que se cuenta por la tarde mirando la tele en el salón, mate con cáscara de naranja de por medio (uno se termina acostumbrando) y mucho, pero que mucho "papá, dejá eso - no pibe, no jodas, esa película es iraní" zapping.
Lamentablemente eso es lo que se extraña, una tarde más o menos linda de madrid, en la que decido ausentarme de la puta universidad, ya harto de tener que ir a clase solamente para poder sacarme la carrera de una vez. Eso es lo que se extraña, y lo que se teme. Se extraña no tenerlo, y se teme que el tiempo siga pasando y sigas sin tenerlo.
Te extraño a vos, viejo.
Un abrazo y feliz cumpleaños.
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