Tuesday, February 07, 2017

Cambia, todo cambia


Por un bombón garoto que antes no me gustaba y ahora sí, me vengo a enterar de cómo cambia todo tanto en la vida. 

Me acuerdo lo mucho que me gustaban las patitas de pollo cuando estaba en Argentina. Desde chico era mi comida entre horas y las hacía de todas las maneras posibles, incluso de vago las ponía sin descongelar en la plancha para no tener que calentar aceite en sartén. Hasta que un día comí demasiadas, vomité y ya no me gustaron más. En ese momento fue un hecho al que no le di mayor importancia, pero ahora me doy cuenta que fue el primer día que cambié de gustos sin darme cuenta. 

Ahora, comerme este bombón garoto me hace reflexionar nuevamente sobre los cambios en la vida. Y es que no se trata de cualquier bombón garoto. Es ese que siempre queda en la caja y que nunca quiere nadie. El que siempre descartamos al revolver con alegría cuando la caja está llena y el que miramos tristes cuando sobresale solitario entre todos los papelitos de garotos ricos ya comidos. 

En mi caso, el bombón incomible, es -o era- este rojito, que lo denominaron con el nombre de "crocante", puede por su dureza al morder y el ruidito que hace al romperse. Al "crocante" en cuestión, siempre lo desprecié y rechacé y ahora me pregunto si no fui demasiado injusto con él durante mi niñez. El bombón no tiene la culpa de competir con los otros bombones de puro chocolate con leche como el batón, o el serenata de amor, un clásico que me dio momentos maravillosos. 

No entiendo como al probre crocante siempre lo traté mal. Incluso me reí de él cuando ofrecí garotos a los invitados disfrazando los ricos con otros envoltorios vacíos -un clásico- y estos, resignados, agarraban el pobre crocante ante mis risas (era un realidad un chiste malísimo, pero que siempre hacía). Hoy, ya más viejo y quizás algo más sabio, debo confesar que el crocante me gusta. Y es más, me gusta un montón. 

De repente descubro que ese bombón históricamente discriminado me encanta, incluso me atrevo a decir que más que el serenata de amor. La primera sensación fue de sorpresa y horror y luego pasé a preguntarme para mis adentros qué me estaba pasando. Pero no pasa nada, simplemente nos vamos volviendo más viejos y los cambios se van sucediendo. Si cambiamos tanto, cómo no vamos a cambiar también de bombón preferido? Es curioso como damos por hecho que estas pequeñas cosas nunca van a cambiar, cuando en realidad constantemente hacemos cambios mucho más importantes más a menudo. 

Quede por tanto este escrito de prueba fehaciente de mi cambio de bombón garoto favorito (sin perjuicio que en algún momento recupere mi amor por el serenata).