Saturday, October 30, 2021

Palitos pep y sprite



El título lleva "chivos", lo sé. Pero sería imposible suplantarlo por marcas blancas o por definiciones generales de los productos alimenticios que representan. Primero, quedaría mal. Denominarlo "snacks salados con forma de palos y bebida azucarada con gusto a limón" sería un despropósito. Además, como ya se verá más adelante, en este caso, la aparición de las marcas es imprescindible para la historia que voy a contar.

Tampoco crean que es una gran historia. Me inspiré a partir de la lectura de un magnífico artículo ("Woody Allen, dios y la Loren" de Javier Aznar de la revista Jot Down). Es increíble lo sencillo que puede resultar escribir un artículo que resulte un auténtico diez, de esos que dejás de leer para después de cada párrafo para evitar que se acabe rápido. Esos que son redondos como el cero que acompaña el número diez, que te dejan con una sensación de belleza desde el inicio hasta el final. Pero lamentablemente hay muy pocos. Son poquitos los que realmente te emocionan, te chocan, te dicen algo. Supongo que ahí está el verdadero reto de cada uno que se sienta frente a una página en blanco. En las grandes posibilidades que hay de que el resultado de esa acción sea una genialidad o una auténtica bazofia.

Pero dejemos la divagación y volvamos al título de este artículo. Pensé en escribir sobre la felicidad. Y el lector/a (sigo empeñado, a pesar del transcurso de los años, en pensar que alguno debe haber) se preguntará qué tiene que ver la felicidad con ese título. Qué felicidad puede haber en unos palitos salados pep y en una sprite más que unas cuantas calorías de las malas, un poquito de colesterol -del malo- y un par de buenos eructos? Pues para mí puede haber algo más, y el mero recuerdo de esa combinación de productos -y de la bolsita con la que se llevaban- me hace sacar una sonrisa nostálgica. De felicidad genuina.

Eran las 4 y algo de la tarde y después de la clase de gimnasia nos íbamos con mauricio o moguice (en ese tiempo mauro a secas) al cine Lyon. Pero antes, el refrigerio. Ese tentempié que nos venía increíble después de que "chiquito" Lauro nos obligara a hacer el test de cooper. Unos palitos pep grandes y una sprite de litro y medio. El ávido lector pensará: "pero los dejaban entrar al cine con los pep y la sprite?" Sí. El gran Lyon, aquel cine cuya superficie ahora la ocupa una tienda de ropa deportiva y zapatillas, era tierra de nadie y nuestra a la vez. En la boletería habitaba un viejito que casi no veía, que nos ponía nula objeción ante nuestra bolsita cargada de víveres. El que cortaba la entrada tampoco decía mucho y nos preguntaba al vernos pendejos: "programa?" sabido es, para el que provenga de aquella época, que el programa se daba sólo con una contraprestación en forma de propina. Así que nada de programas para aquellos pendejos con el mango justo para el cine, los pep´s y la sprite.

Y así es como transcurría la vida de dos pibes adolescentes en los años 90 en un Buenos Aires que es ya sólo un lejano recuerdo.   


¿Viajar a Laponia nos hará más felices?



Hace poco leí un artículo en el NYT en español que reflexionaba acerca de cómo hacer el turismo más sostenible, sobre todo ahora que la pandemia dio un respiro a las sobrecargadas infraestructuras turísticas. Sin adentrarse en el cómo paliar el coste político y económico de una hipotética rebaja de la cuota de turistas, aconsejaba inclinarse hacia lo local y no a tanto a lo cool o lo que aparece en las guías turísticas que todos seguimos a pies juntillas. En definitiva, una invitación a valorar más lo que tenemos cerca e intentar ser felices y estar satisfechos con eso. 

Difícilmente lo logremos. La pandemia parece haber reverdecido ese deseo irrefrenable de viajar al confín del mundo para conocer tal o cual monumento, sea natural o construido por el hombre, sin importar distancias ni precios ni impacto sostenible. Se prevé un resurgir aún más grande que el que se efectuó con el despilfarro anterior, acuciado por el nivel de ahorro que se logró en los poquitos meses que estuvimos encerrados en casa. 

Evidencia de ello es la anécdota que me llegó a través de un allegado. Resulta que unos padres -ricos- no tuvieron mejor idea que darle como sorpresa a su hijo de 4 años un viaje a Laponia nada más y nada menos que a "conocer a papá noel". Mientras los oyentes de la anécdota de mi allegado se conmocionaban con el supuestamente hermoso gesto de los padres, yo no podía dejar de pensar en el despilfarro de recursos que supone realizar un viaje así con un fin tan superficial. Un viaje que implicará tres medios de transporte -avión, barco y tren- y que supondrá un enorme impacto ambiental para el planeta en términos de huella de carbono. Todo para que un nene de 4 años, que poco se enterará de lo que está haciendo, "conozca" a papá noel. Parece que al diagramar el viaje nadie pensó en lo que el nene vaya a pensar del viaje organizado por sus papis una vez crezca y se entere que Papá noel no existe y que hizo semejante viaje para ver un gordo farsante en una cabaña cualquiera en la nieve. 

Se dice que el 2030 es la fecha límite para que la humanidad alcance un consenso y pueda evitar una catástrofe global. No parece posible que los seres humanos alcancemos ese nivel de sensatez y reflexión necesario que nos permita entender que nos estamos cargando lo poco que nos queda de este planeta. Si no lo hacemos, es probable que dentro de poco no quede laponia ni papá noel por visitar.