Hace un tiempo atrás llegó a mis manos este cómic del sargento Trent. Suelo comprar cómics por encima de mis posibilidades y en gran medida por impulsos, sobre todo motivado por lo que sube a su perfil de Wallapop “JCarlos”, ya casi un amigo después de haber mantenido tantas charlas sobre lecturas imprescindibles por el precario sistema de comunicación de esa red social. Los comics que le compro, además de tener un precio más que razonable, vienen con el aliciente de la elección previa que él realizó, ya que tiene un gusto exquisito que es difícil no compartir. En este caso le compré dos tomos Integrales de El Sargento Trent, y como siempre, lo acumulé junto al resto de lectura pendiente con la esperanza de leerlo pronto y bajar de una vez por todas esa montaña de deseos insatisfechos.
El lujo de tener una biblioteca bien nutrida es que en cualquier momento podés elegir lectura, y un buen día le tocó a los integrales del Sargento Trent, de Rodolphe y Leo. Así que me acomodé en el sillón, acompañado de un almohadón estratégicamente situado para levantar el pesado tomo y evitar el dolor de sostenerlo. Me puse a leer y realmente me enganchó. Me pareció una lectura reconfortante: un héroe de los de antes, con unos principios innegociables, aunque con ciertas licencias y deslices de carácter que le dan ese toque atractivo a la personalidad. Una lectura-refugio para un mundo cada vez más convulso, sobre todo en estos tiempos de incertidumbre, donde las certezas se desdibujan y los buenos se convierten en malos y viceversa. Trent era un bueno con todas las letras y esa previsibilidad tranquiliza. Ya llegando al final del segundo tomo, y mientras mi cabeza oscilaba en venderlo o quedármelo tras leerlo -la desorbitada cantidad de libros y la escasez de lugar me obligan a tomar esa siempre difícil decisión-, se desliza en mi panza un papel. Al principio pensé que sería algún detalle de JCarlos, que siempre deja algún marcapáginas oculto de regalo. Pero no, para mi sorpresa mayúscula, era un dibujo. Y, además, un dibujo muy bien hecho y encima pintado. Se notaba el trazo profesional del autor, la experiencia de los años. No diré que mejor que el dibujo original, pero casi. Era un Trent verdadero, sin errores en el uniforme, y con correcciones muy precisas. Y en la página posterior al dibujo, estaban las precisiones técnicas, que los galones así, que en esa época la pistolera debía llevarse de aquella otra manera. Me pareció alucinante que alguien dedicara su tiempo a algo así. Cuando miré con más detalle, encontré el nombre y los apellidos del autor de aquel dibujo perfecto: José María Bueno Carrera.
Mi curiosidad superó a la atractiva lectura y enseguida me puse a buscar sobre el misterioso dibujante. Resultó ser que el bueno de José María era uno de los mayores expertos en uniformología, una disciplina completamente desconocida para mí, pero que tiene su buena cantidad de adeptos a juzgar por los blogs especializados existentes. Y que además era medio reacio a ceder sus originales. Y a mis manos cayó de casualidad aquel original, que además tenía el extra de contar con sus lamentos al considerar que aquellos dibujos “tan bonitos” se veían desmerecidos por los fallos en el uniforme. Todo un perfeccionista José María. Tanto que decidió demostrarlo con ese dibujo que corrige los fallos en el uniforme del Sargento Trent, que presumiblemente boceteó allá por el año 2014 en que leyó el cómic. Ahora sabemos que José María no solo recreaba uniformes con la mayor precisión para sus publicaciones, sino que además lo hacía para sí mismo en la soledad de la lectura de un buen cómic.
Y cómo nadie se percató de que allí estaba escondido ese pequeño tesoro es otro misterio. Me enteré que el tomo se consiguió en una librería de usados de Málaga. Justo de donde era José María. O sea que alguien o él mismo tuvo que cambiarlo o venderlo allí. Así que puede que haya otros originales de José María diseminados por librerías esperando a ser encontrados.
