Saturday, August 02, 2025

El sargento Trent y José María Bueno Carrera


Hace un tiempo atrás llegó a mis manos este cómic del sargento Trent. Suelo comprar cómics por encima de mis posibilidades y en gran medida por impulsos, sobre todo motivado por lo que sube a su perfil de Wallapop “JCarlos”, ya casi un amigo después de haber mantenido tantas charlas sobre lecturas imprescindibles por el precario sistema de comunicación de esa red social. Los comics que le compro, además de tener un precio más que razonable, vienen con el aliciente de la elección previa que él realizó, ya que tiene un gusto exquisito que es difícil no compartir. En este caso le compré dos tomos Integrales de El Sargento Trent, y como siempre, lo acumulé junto al resto de lectura pendiente con la esperanza de leerlo pronto y bajar de una vez por todas esa montaña de deseos insatisfechos.

El lujo de tener una biblioteca bien nutrida es que en cualquier momento podés elegir lectura, y un buen día le tocó a los integrales del Sargento Trent, de Rodolphe y Leo. Así que me acomodé en el sillón, acompañado de un almohadón estratégicamente situado para levantar el pesado tomo y evitar el dolor de sostenerlo. Me puse a leer y realmente me enganchó. Me pareció una lectura reconfortante: un héroe de los de antes, con unos principios innegociables, aunque con ciertas licencias y deslices de carácter que le dan ese toque atractivo a la personalidad. Una lectura-refugio para un mundo cada vez más convulso, sobre todo en estos tiempos de incertidumbre, donde las certezas se desdibujan y los buenos se convierten en malos y viceversa. Trent era un bueno con todas las letras y esa previsibilidad tranquiliza. Ya llegando al final del segundo tomo, y mientras mi cabeza oscilaba en venderlo o quedármelo tras leerlo -la desorbitada cantidad de libros y la escasez de lugar me obligan a tomar esa siempre difícil decisión-, se desliza en mi panza un papel. Al principio pensé que sería algún detalle de JCarlos, que siempre deja algún marcapáginas oculto de regalo. Pero no, para mi sorpresa mayúscula, era un dibujo. Y, además, un dibujo muy bien hecho y encima pintado. Se notaba el trazo profesional del autor, la experiencia de los años. No diré que mejor que el dibujo original, pero casi. Era un Trent verdadero, sin errores en el uniforme, y con correcciones muy precisas. Y en la página posterior al dibujo, estaban las precisiones técnicas, que los galones así, que en esa época la pistolera debía llevarse de aquella otra manera. Me pareció alucinante que alguien dedicara su tiempo a algo así. Cuando miré con más detalle, encontré el nombre y los apellidos del autor de aquel dibujo perfecto: José María Bueno Carrera.  

 

Mi curiosidad superó a la atractiva lectura y enseguida me puse a buscar sobre el misterioso dibujante. Resultó ser que el bueno de José María era uno de los mayores expertos en uniformología, una disciplina completamente desconocida para mí, pero que tiene su buena cantidad de adeptos a juzgar por los blogs especializados existentes. Y que además era medio reacio a ceder sus originales. Y a mis manos cayó de casualidad aquel original, que además tenía el extra de contar con sus lamentos al considerar que aquellos dibujos “tan bonitos” se veían desmerecidos por los fallos en el uniforme. Todo un perfeccionista José María. Tanto que decidió demostrarlo con ese dibujo que corrige los fallos en el uniforme del Sargento Trent, que presumiblemente boceteó allá por el año 2014 en que leyó el cómic. Ahora sabemos que José María no solo recreaba uniformes con la mayor precisión para sus publicaciones, sino que además lo hacía para sí mismo en la soledad de la lectura de un buen cómic. 

Y cómo nadie se percató de que allí estaba escondido ese pequeño tesoro es otro misterio. Me enteré que el tomo se consiguió en una librería de usados de Málaga. Justo de donde era José María. O sea que alguien o él mismo tuvo que cambiarlo o venderlo allí. Así que puede que haya otros originales de José María diseminados por librerías esperando a ser encontrados. 



Saturday, October 30, 2021

Palitos pep y sprite



El título lleva "chivos", lo sé. Pero sería imposible suplantarlo por marcas blancas o por definiciones generales de los productos alimenticios que representan. Primero, quedaría mal. Denominarlo "snacks salados con forma de palos y bebida azucarada con gusto a limón" sería un despropósito. Además, como ya se verá más adelante, en este caso, la aparición de las marcas es imprescindible para la historia que voy a contar.

Tampoco crean que es una gran historia. Me inspiré a partir de la lectura de un magnífico artículo ("Woody Allen, dios y la Loren" de Javier Aznar de la revista Jot Down). Es increíble lo sencillo que puede resultar escribir un artículo que resulte un auténtico diez, de esos que dejás de leer para después de cada párrafo para evitar que se acabe rápido. Esos que son redondos como el cero que acompaña el número diez, que te dejan con una sensación de belleza desde el inicio hasta el final. Pero lamentablemente hay muy pocos. Son poquitos los que realmente te emocionan, te chocan, te dicen algo. Supongo que ahí está el verdadero reto de cada uno que se sienta frente a una página en blanco. En las grandes posibilidades que hay de que el resultado de esa acción sea una genialidad o una auténtica bazofia.

Pero dejemos la divagación y volvamos al título de este artículo. Pensé en escribir sobre la felicidad. Y el lector/a (sigo empeñado, a pesar del transcurso de los años, en pensar que alguno debe haber) se preguntará qué tiene que ver la felicidad con ese título. Qué felicidad puede haber en unos palitos salados pep y en una sprite más que unas cuantas calorías de las malas, un poquito de colesterol -del malo- y un par de buenos eructos? Pues para mí puede haber algo más, y el mero recuerdo de esa combinación de productos -y de la bolsita con la que se llevaban- me hace sacar una sonrisa nostálgica. De felicidad genuina.

Eran las 4 y algo de la tarde y después de la clase de gimnasia nos íbamos con mauricio o moguice (en ese tiempo mauro a secas) al cine Lyon. Pero antes, el refrigerio. Ese tentempié que nos venía increíble después de que "chiquito" Lauro nos obligara a hacer el test de cooper. Unos palitos pep grandes y una sprite de litro y medio. El ávido lector pensará: "pero los dejaban entrar al cine con los pep y la sprite?" Sí. El gran Lyon, aquel cine cuya superficie ahora la ocupa una tienda de ropa deportiva y zapatillas, era tierra de nadie y nuestra a la vez. En la boletería habitaba un viejito que casi no veía, que nos ponía nula objeción ante nuestra bolsita cargada de víveres. El que cortaba la entrada tampoco decía mucho y nos preguntaba al vernos pendejos: "programa?" sabido es, para el que provenga de aquella época, que el programa se daba sólo con una contraprestación en forma de propina. Así que nada de programas para aquellos pendejos con el mango justo para el cine, los pep´s y la sprite.

Y así es como transcurría la vida de dos pibes adolescentes en los años 90 en un Buenos Aires que es ya sólo un lejano recuerdo.   


¿Viajar a Laponia nos hará más felices?



Hace poco leí un artículo en el NYT en español que reflexionaba acerca de cómo hacer el turismo más sostenible, sobre todo ahora que la pandemia dio un respiro a las sobrecargadas infraestructuras turísticas. Sin adentrarse en el cómo paliar el coste político y económico de una hipotética rebaja de la cuota de turistas, aconsejaba inclinarse hacia lo local y no a tanto a lo cool o lo que aparece en las guías turísticas que todos seguimos a pies juntillas. En definitiva, una invitación a valorar más lo que tenemos cerca e intentar ser felices y estar satisfechos con eso. 

Difícilmente lo logremos. La pandemia parece haber reverdecido ese deseo irrefrenable de viajar al confín del mundo para conocer tal o cual monumento, sea natural o construido por el hombre, sin importar distancias ni precios ni impacto sostenible. Se prevé un resurgir aún más grande que el que se efectuó con el despilfarro anterior, acuciado por el nivel de ahorro que se logró en los poquitos meses que estuvimos encerrados en casa. 

Evidencia de ello es la anécdota que me llegó a través de un allegado. Resulta que unos padres -ricos- no tuvieron mejor idea que darle como sorpresa a su hijo de 4 años un viaje a Laponia nada más y nada menos que a "conocer a papá noel". Mientras los oyentes de la anécdota de mi allegado se conmocionaban con el supuestamente hermoso gesto de los padres, yo no podía dejar de pensar en el despilfarro de recursos que supone realizar un viaje así con un fin tan superficial. Un viaje que implicará tres medios de transporte -avión, barco y tren- y que supondrá un enorme impacto ambiental para el planeta en términos de huella de carbono. Todo para que un nene de 4 años, que poco se enterará de lo que está haciendo, "conozca" a papá noel. Parece que al diagramar el viaje nadie pensó en lo que el nene vaya a pensar del viaje organizado por sus papis una vez crezca y se entere que Papá noel no existe y que hizo semejante viaje para ver un gordo farsante en una cabaña cualquiera en la nieve. 

Se dice que el 2030 es la fecha límite para que la humanidad alcance un consenso y pueda evitar una catástrofe global. No parece posible que los seres humanos alcancemos ese nivel de sensatez y reflexión necesario que nos permita entender que nos estamos cargando lo poco que nos queda de este planeta. Si no lo hacemos, es probable que dentro de poco no quede laponia ni papá noel por visitar. 

Tuesday, February 07, 2017

Cambia, todo cambia


Por un bombón garoto que antes no me gustaba y ahora sí, me vengo a enterar de cómo cambia todo tanto en la vida. 

Me acuerdo lo mucho que me gustaban las patitas de pollo cuando estaba en Argentina. Desde chico era mi comida entre horas y las hacía de todas las maneras posibles, incluso de vago las ponía sin descongelar en la plancha para no tener que calentar aceite en sartén. Hasta que un día comí demasiadas, vomité y ya no me gustaron más. En ese momento fue un hecho al que no le di mayor importancia, pero ahora me doy cuenta que fue el primer día que cambié de gustos sin darme cuenta. 

Ahora, comerme este bombón garoto me hace reflexionar nuevamente sobre los cambios en la vida. Y es que no se trata de cualquier bombón garoto. Es ese que siempre queda en la caja y que nunca quiere nadie. El que siempre descartamos al revolver con alegría cuando la caja está llena y el que miramos tristes cuando sobresale solitario entre todos los papelitos de garotos ricos ya comidos. 

En mi caso, el bombón incomible, es -o era- este rojito, que lo denominaron con el nombre de "crocante", puede por su dureza al morder y el ruidito que hace al romperse. Al "crocante" en cuestión, siempre lo desprecié y rechacé y ahora me pregunto si no fui demasiado injusto con él durante mi niñez. El bombón no tiene la culpa de competir con los otros bombones de puro chocolate con leche como el batón, o el serenata de amor, un clásico que me dio momentos maravillosos. 

No entiendo como al probre crocante siempre lo traté mal. Incluso me reí de él cuando ofrecí garotos a los invitados disfrazando los ricos con otros envoltorios vacíos -un clásico- y estos, resignados, agarraban el pobre crocante ante mis risas (era un realidad un chiste malísimo, pero que siempre hacía). Hoy, ya más viejo y quizás algo más sabio, debo confesar que el crocante me gusta. Y es más, me gusta un montón. 

De repente descubro que ese bombón históricamente discriminado me encanta, incluso me atrevo a decir que más que el serenata de amor. La primera sensación fue de sorpresa y horror y luego pasé a preguntarme para mis adentros qué me estaba pasando. Pero no pasa nada, simplemente nos vamos volviendo más viejos y los cambios se van sucediendo. Si cambiamos tanto, cómo no vamos a cambiar también de bombón preferido? Es curioso como damos por hecho que estas pequeñas cosas nunca van a cambiar, cuando en realidad constantemente hacemos cambios mucho más importantes más a menudo. 

Quede por tanto este escrito de prueba fehaciente de mi cambio de bombón garoto favorito (sin perjuicio que en algún momento recupere mi amor por el serenata).

Monday, December 05, 2011

Saber escribir

Putas duchas inspiradoras. Eso es lo primero que pienso cuando me inspiro en la bañera mientras me froto mis partes íntimas (no de las maneras que una mente sucia podría pensar, sólo a efectos de limpieza corporal). La inspiración ducheril me hace cagar de frío, vestirme rápido y desear tener una moleskine mental para poder plasmar todo lo que pienso. Pero no. Tengo una ducha a medias y una cabeza a toda máquina. Más que una bendición, a veces puede ser hasta una maldición. Procurando secarte a toda marcha y a la vez repitiendo lo que pensaste para que no se vaya. Y cuando estás en esas, zas! Otra idea más, muchísimo mejor que la anterior y vos seguís húmedo…


Hacía mucho que no escribía por acá. Exactamente (ya saben lo importante que son las cifras para contrastar datos en este mundo) un año, dos meses y algunos días. Sé que me escribo casi a mi mismo, pero aún así siempre es placentero. Escribir. Descargarse. Soltar los pensamientos de uno, esos que a veces ni contamos a nuestra persona más íntima porque pensamos –o sabemos- que son una boludez. Tampoco es que vaya a soltar acá todas mis boludeces, pero al menos aproximaciones de ellas. Lo siento por mis amados lectores (si es que los hay).


Pensarán que el título no tiene nada que ver con los dos últimos párrafos. Y están en lo cierto. No tienen nada que ver, pero al menos son el título mismo: sé escribir, lo siento así y lo demuestro asá. Hoy me di cuenta que sabía y que podía escribir bien, que sabía como hacerlo de manera que a mi me guste y que a vos te entretenga. Cómo llegué a eso? Supongo que fue un proceso. Indescriptible, por cierto, pero proceso al fin. En qué se basa ese proceso? Podríamos decir, en palabras finas o refinadas (algo más que finas), en que dicho proceso se basa "en la lectura progresiva y adecuada de volúmenes escritos que cultiven nuestra mente y logren, en definitiva, la comprensión de las circunstancias del mundo y de las personas que nos rodean". Esta es la definición de la RAE sobre "saber escribir". Mentira, esa es la que me acabo de inventar. La genuina, según mi parecer, es mucho más sencilla: leer lindo. Que significa leer lindo? Lo dejo a la interpretación del lector, ya que de esa manera contribuyo a que el ávido lector piense por sí mismo, y por tanto me ciño a mi anterior definición, aunque sea falsa e inventada. Pero leer lindo es en definitiva leer lo que vos quieras, cuando quieras, y como quieras, siempre que te interese y que seas constante, o más o menos.


Sigo sin hablar sobre el título de esta entrada. Esa es la ventaja de escribir uno en su propio blog, que podés saltarte el tema cuando quieras. Pero ahora, como dice un gran amigo mío, voy a entrar en materia. Saber escribir es lo mismo que saber apreciar. Apreciamos cosas durante toda la vida, pero no siempre tenemos la certeza de que sabemos escribir, al menos algo un poco más coherente y bonito que la lista de la compra. Pero un día llega esa certeza, como un meteorito que te estalla sobre la cabeza. Como cuando Josep Guardiola tiene la certeza de que va a ganar el próximo partido tras encerrarse y ver fútbol durante horas (lo leí en una entrevista). Como cuando te viene una idea y estás en la ducha. Así te viene la sabiduría en la escritura, la certeza que sabés escribir. Así nomás: sabés escribir cuando podés describir en palabras las sensaciones que corren por dentro tuyo. Como esta que acabo de describir ahora.

Sunday, September 26, 2010

El aeropuerto y yo


Nunca tuve una relación tan estrecha con un lugar como con este. De acá partí, llegué y simplemente transité. Abracé, amé y lloré.

Creo que en ningún lugar viví tantas emociones, tan diferentes, como en este. Este lugar me vio crecer y hasta tomar las grandes decisiones de mi vida. Y me pregunto que cómo es eso posible siendo un lugar tan frío, tan distante.

Pues si señores, me doy cuenta que mi vida transcurrió en los aeropuertos, y que a día de hoy tengo más horas en el aire que un piloto amateur.

Wednesday, January 06, 2010

Nuestra vida en 8 reyes


Supimos lo que es un “edredón” y nos pusimos contentos de no tener que hacer la cama. Nos tomamos más de una “caña” y aprendimos lo que es volver a casa borrachos entre semana. Nos fuimos a “tomar por culo” más de una vez. Llegamos con ilusión, después de conocernos en un foro de internet de “asatej”. Se llamaba “me voy a vivir a España”. Tuvimos una cena de cuatro, vos caíste por pura casualidad: estabas en la cola de la embajada de Italia y conociste a la que nos presentó. Estabas rapada, tenías un piercing en la nariz y estudiabas arquitectura en la uba. toda una moderna para el 2001. Charlamos sobre la inseguridad, lo difícil que estaba todo. Del pibe ese no supimos más. Quedamos de nuevo en un bar los dos, en corrientes y callao, con alerta de saqueos por la zona. Vos te pediste una sprite (de las de la botellita larga) y yo una cerveza de “chopp”. Nos vinimos casi en la misma fecha, sin saber por donde arrancar. A los días de llegar, ví la cabalgata de reyes y no entendía nada, me comí un caramelo que levanté del piso. Quisimos ir a vivir juntos, pero había cola para alquilar pisos. Vos las pasaste mal al principio, estuviste viviendo un tiempo en Cervantes 22. Después todo se empezó a encaminar para ambos. De a poco, quedaron atrás payasín, Eleonora, laín, Israel, maría y la tienda de complementos. Roy se fue al crucero y ya casi ni lo vimos, ahora es piloto de aviones y vive en Sao Paulo. Terminé la carrera, vos te hiciste diseñadora y ambos vivimos solos en Madrid. En el medio fuimos y volvimos varias veces, finalmente nos adaptamos y ya tenemos nuestras vidas acá. De eso ya 8 reyes magos. Sos una gran amiga y compañera de viaje. Te abrazo, nefer.

Tuesday, October 20, 2009

Te admiro


Porque sos mi modelo a seguir de hoy, ayer y de siempre. Porque me enseñaste a ser la persona que soy, me contagiaste tu risa y tu forma de hacer bromas. Porque me hiciste ver el lado lindo de la vida. Porque siempre me defendiste y me protegiste de lo malo. Porque me prestaste los autitos cuando era chico, a sabiendas de que te los iba a hacer mierda. Porque los papelitos y fotos colgadas en la pared de tu pieza me mostraron un mundo nuevo. Porque me bancaste incondicionalmente a pesar de no estar de acuerdo. Por enseñarme a cortar el salamín ni muy fino ni muy gordo, sino justo. Por venirme a recibir al aeropuerto. Por venirme a despedir al aeropuerto. Porque siempre me ganaste en las peleas, a pesar de yo tener el casco de soldado y la espada de he-man. Por mis cagadas y tus perdones instantáneos. Por demostrarme lo que es la pasión. Por ayudarme a vivir en la jungla. Por aconsejarme en (des)amores, amistades y vida en general. Por regalarme un pescado de los tuyos y poder contarle a los demás que pesqué (en realidad sólo dientudos). Por integrarme en tus fiestas a pesar de ser casi una década más chico. Por hacerme amigo de tus amigos. Por permitirme aprender con tus revistas antes que todos los demás, que era una teta y un culo. Por tener una familia maravillosa. Por darme un sobrino. Por ser mi mejor amigo. Por ser mi hermano....


GRACIAS!